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Sombras nada más… el cine de Javier Solís

Publicado el 3 August 2008, 9:00 am, por Rafael Aviña. Comments Off. Archivado bajo General.

El peor de los caminos

El cine de Javier Solís, un cine popular, de barriada, sin pretensiones, realizado para durar un par de semanas en cartelera y en cines de segunda corrida, no tuvo mayor aspiración que eso y por ello, representa el aspecto menos cuidado de su carrera si lo comparamos con su grandeza musical. De hecho, la aparición de Solís en el cine se debe en primer instancia, a la muerte de varios de los ídolos del cine mexicano, y a su vez, a las fórmulas archiprobadas del peor cine comercial de lanzar a la pantalla a personajes populares; ya sean deportistas, cantantes o héroes involuntarios de la nota roja como el pequeño Fernandito Bohigas que a tan sólo dos años de su multipublicitado secuestro reaparecía de la mano de Ismael Rodríguez para interpretarse así mismo en el intrigante melodrama de culto Ya tengo a mi hijo (46).

Es a mediados de los 50 cuando la fama de Solís empieza a crecer como la espuma de una cerveza, de aquellas “cebadas” que se servían en las miles de modestas fonditas donde las canciones del nuevo ídolo se escuchaban una tras otra. Y es justamente en esa época cuando sobrevienen varias de las tragedias de un cine que iniciaba su declive con la muerte de verdaderas estrellas de la canción y la pantalla grande como Jorge Negrete en el 53 y Pedro Infante en el 57. Es decir, la puerta se le abrió en un momento que no era el óptimo, pero, que para productores centaveros, representaba la mínima oportunidad para recuperar terreno y que mejor que un héroe extraído de los ambientes proletarios que tanto gustaban al público. Una nueva figura que igual le entraba al negocio de la tablajería que al de los guamazos en el cuadrilátero y por supuesto, aún tenía el empuje para abrirse paso en los concursos de aficionados modulando una voz que se apropiaría como nadie del bolero ranchero.

En efecto, Javier Solís llegó tarde a la pantalla y murió como personaje de sus canciones en un abrir y cerrar de ojos casi de manera instantánea para hacerse de un pedazo de leyenda, filmando un churro tras otro al lado de notables personalidades detrás de cámaras como Miguel Zacarías, Rogelio A. González o Rafael Baledón, o compartiendo con grandes estrellas en declive, diálogos y situaciones justo en un momento en el cual, el cine nacional arrastraba la cobija a duras penas. Sombras nada más, Payaso, Llorarás, llorarás, Mi último bolero, El peor de los caminos, Vagar entre sombras, Se me olvidó tu nombre y otras canciones más, debieron ser en realidad los títulos de su infame filmografía cuyos argumentos fueron escritos al menos en una tercera parte por José María Fernández Unsaín, un curioso destajista de todos los géneros, en la que pueden rescatarse con todo, algunas situaciones interesantes, algunos apuntes o quizá, la interrelación con algunas figuras y subgéneros de una cinematografía que emprendía un camino sin retorno.

Héroe campirano

Es precisamente bajo la dirección de Roberto Rodríguez cuando Javier Solís tiene la oportunidad de debutar en el cine con la comedia ranchera Tres balas perdidas (1960), protagonizada por tres mujerones como Rosita Quintana, María Victoria y Evangelina Elizondo que despliegan los trillados conceptos de hembras muy machas, atribuladas jovencitas que juegan al billar, beben, fuman puros y son buenas para la pistola con Solís en el papel de Cuco, novio de la curvilínea María Victoria.

A ésta, le seguirían cintas como En cada feria un amor (1960), Los bárbaros del norte (1961) una comedia rural aderezada con el dudoso humor pobrediablesco de Clavillazo o Escuela para solteras (1964) adornada entre otras bellezas por Fanny Cano. Por su parte, en México de mi corazón (1963) destaca más allá del elenco, una serie de canciones patrioteras y de inspiración divina como Soy puro mexicano, Canción mixteca, Plegarias guadalupanas y Primeramente Dios, en la que alternó con Lola Beltrán, Luis Aguilar y una muy joven Lucha Villa y con éstos dos últimos repite en Agarrando parejo (1963), en el interior de una filmografía que asciende a los 33 títulos.

Javier y el cine de caballitos

En los estertores de los charros y las aventuras folclórico-campiranas, el género ranchero parecía encontrar una salida en el llamado “cine de caballitos”. Un cine de héroes justicieros, pistolas, máscaras, locaciones paupérrimas, boleros rancheros, descabelladas peleas de cantina y sobre todo, delirantes y trillados argumentos que igual rozaban el horror, la ciencia ficción, la comedia y una suerte de cine policiaco rural que intentaba mostrar una suerte de Viejo Oeste en plena provincia mexicana.

En efecto, Solís se convirtió en uno de los héroes incondicionales de ese novedoso aunque pobre subgénero que tuvo como principal artífice al mismísimo Gallo Giro Luis Aguilar, quien se trastocó en uno de Los Cinco Halcones (1960) al lado de otros justicieros rancheros como Miguel Aceves Mejía, Demetrio González, Joaquín Cordero y por supuesto, Javier Solís en su papel de peluquero del pueblo que une esfuerzos con aquellos para combatir las villanías de Miguel Manzano y además, se daba tiempo para interpretar el tema Llorarás, llorarás, con su peculiar estilo.

Después de aquella vendría la secuela de rigor: Vuelven los cinco halcones (1961) y títulos afines como Camino de la horca (1961) con Lola Beltrán y Miguel Aceves Mejía, Los forajidos (1962), Sangre en la barranca (1962) dirigida nada menos que por Juan Orol en la que compartía escenas románticas con la entonces diva del cineasta cubano, Mary Esquivel, Los cuatro Juanes (1964) de don Miguel Zacarías, otra vez al lado de Luis Aguilar, como sucede en Los hermanos muerte (1964) cinta de ambiente revolucionario con Emilio El Indio Fernández, quien viste siempre de negro y siembra la muerte a su paso, El hombre de la furia (1965) y Los tres salvajes (1965). Sin faltar una especie de western tragicómico como Los Sánchez deben morir (1965) para lucimiento de Solís y Fernando Casanova en su personificación de hermanos, parranderos, vaciladores, machos querendones y desobligados muy, muy lejos de Infante, Badú, Negrete, o Aguilar.

Más interesantes resultan, El jinete enmascarado (1960), una de las cintas que integran la serie de El norteño protagonizada por Antonio Aguilar, en la que compartió créditos con Wolf Ruvinskis y Fernando Soto Mantequilla, a partir de un guión escrito por Luis Spota y Marco Aurelio Galindo, dos argumentistas de prestigio que otorgan dignidad a este western con justiciero que se oculta tras una máscara. Asimismo, El hombre de la furia (1965) y Juan Pistolas (1966) en las que alcanzaba el rango de héroe solitario aunque acompañado de sendos patiños cómicos al estilo de los eficaces Mantequilla y Chelelo, respectivamente. Sin faltar La conquista de El Dorado (1965) una épica con escenas de una solemnidad delirante en la que Solís alternaba entre muchos otros con la bravía Irma Serrano y dos figurones de la época de oro como Emilio Fernández y Roberto Cañedo.

Tragicomedias urbanas e intermedio tintanesco

Javier Solís había crecido en los parajes urbanos del barrio, el lugar donde se forjan los hombres a base de esfuerzo, trabajo, sacrificio y por supuesto a golpes de la vida, por ello, quizá, lo más rescatable de su filmografía puede rastrearse en las historias de urbanas de barrio bajo que emprendió como, Un tipo a todo dar (1962) de Fernando Cortés, melodrama populachero con el que se intentó lanzar a Solís como un émulo de Pedro Infante. Aquí, interpreta a un provinciano que se convierte en el protector de un sobrino huérfano en la capital, donde la hace de todo, incluso de boxeador lo que da pie a secuencias dramáticas como aquella en la que Javier cae a la lona ante los desesperados gritos de angustia de Emil Angel Dupeyrón, su pequeño protegido.

Campeón de barrio (1964) de Rafael Baledón, retoma varios elementos de aquella, en un filmó en el que alternó con don Fernando Soler y la cantante Sonia López. Encarna al héroe de condición humilde que se trastoca en boxeador para evadir la crisis económica que lleva a cuestas y de paso, brindar un amplio recuento de su repertorio musical. Por su parte, en El pecador (1964) también de Baledón, con Arturo de Córdova y Marga López, Solís es un honesto camionero que se enamora de Kitty de Hoyos, una cabaretera que pasa como enfermera en este melodramón con De Córdova como un profesor viudo que por culpa del destino conoce en un cabaret a una mujer metida en el tráfico de drogas y termina enamorándose locamente de ella con trágicos resultados.

En Rateros último modelo (1964) intenta regenerarse al lado de Manuel Capetillo su compadre y cómplice y acaban encargándose de un bebé abandonado en un filme donde Solís luce delantales y su atractiva voz. En tanto que en Un callejón sin salida (1964) al lado de Lucha Villa, Evangelina Elizondo y Sonia López, interpreta al honrado hermano mayor del rebelde sin causa Alberto Vázquez, para saltar de ahí a Amor a ritmo a go-gó (1966) en la que se mezclaban los boleros rancheros del tipo Perdóname, señor con los temas juveniles de moda como Bule, Bule y Lupe, en la que Solís conquista a la joven de ideas modernas Rosa María Vázquez en un filme con intervenciones de Tongolele y Los Holligans, entre otros.

Al estilo de Ando volando bajo, Solís alternó con Marga López y Julio Alemán en Diablos en el cielo (1964), la historia de los dos amigos íntimos que pelean por el amor de una mujer, por el resentimiento de otra y al final por cualquier cosa, con el detalle de que ambos son pilotos. Fuera de este dramón, vale ala pena destacar el trabajo de Javier Solís al lado del brillante cómico Germán Valdés Tin Tan en su etapa de declive. Por un lado, Fuerte, audaz y valiente (1962), un western en tono de comedia con Tin Tan en el papel del marshall Teodoro Nylon en esta parodia del popular Marshall Dillon de la teleserie La ley del revólver y Especialista en chamacas (1965) de Chano Urueta, con Enrique Guzmán y Germán Valdés. Aquí, Quique debe elegir entre la universidad o la cantada, en esta comedia musical en la que encarna a un joven médico que se hace cargo de una clínica rural y se hace acompañar de un grupo de artistas de la Caravana Corona, entre los que se encuentra Tin Tan como el empresario y Solís como un mujeriego charro cantor, enamorado de Diana Mariscal que lo trata como su hermano.

Rarezas e inclasificables

Finalmente vale la pena mencionar algunas curiosidades de la filmografía del ídolo ranchero como lo sería su breve participación en Los tres calaveras (1964), relato semi biográfico del famoso trío formado por Miguel Bermejo en los años 30 que sirvió de acompañamiento a grandes estrellas como Jorge Negrete. Los que nunca amaron (1965) melodrama con algunas escenas fuertes filmada en Puerto Rico, o Los tres mosqueteros de Dios (1966) con Javier Solís, Joaquín Cordero y Adalberto Martínez Resortes en sus respectivos papeles del cura cantante capaz de enseñar solfeo a los niños de un asilo; el sacerdote boxeador y borrachín y finalmente, Resortes como el cura novelista que baila el jerk para enseñarles el abecedario.

Caña brava (1965) fascinante no sólo por las caderas y los bailes de la rumbera Mari Toña Pons en el papel de la novia de Solís, sino por los desternillantes diálogos de humor involuntario en esta cinta filmada en Puerto Rico que incluye al patrón libidinoso (Braulio Castillo) y el trillado recurso de la amnesia. Y, para cerrar una filmografía más curiosa que atractiva, Aventura al centro de la tierra (1964) con Kitty de Hoyos, Columba Domínguez, José Elías Moreno, en ella, unos animalazos dizque prehistóricos, cercanos al peluche y al trucaje de tres pesos, amenazan a una expedición que se aventura a descubrir el centro de la tierra (sí, como no).
Fernández Unsaín guionista y Alfredo B. Crevenna director, se encargan de mutilar con saña la imaginación de Julio Verne, en esta cinta chatarra instantánea. Vale la pena comparar a Pat Boone, entonando alguna melcochosa canción en la cinta de Henry Levin, Viaje al centro de la tierra (1959) y a Javier Solís, interpretando un bolero ranchero en las entrañas mismas de la tierra (las grutas de Cacahuamilpa, por supuesto). Delirante.

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