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Glenn Ford: una estrella longeva (Cuarta parte)

Publicado el 19 December 2007, 9:00 am, por Gustavo Arturo de Alba. Comments Off. Archivado bajo General.

La facilidad de poder revisar en varias ocasiones una película, en comparación con reeler una voluminosa novela, contribuye en gran medida a enriquecer nuestro conocimiento y revalorarlas, tanto en lo positivo o negativo que de ellas teníamos. Mi opinión respecto a “El tren de las 3.10 a Yuma” (3:10 to Yuma, ‘57) es un buen ejemplo de esta situación. Estrenada en Estados Unidos en octubre de 1957 y aquí en Aguascalientes en febrero de 1958, cuando apenas iba a cumplir once años, mi entusiasmo sobre este western fue avanzando con el tiempo. En un principio lo escaso de la acción física, en cuanto a balaceras y enfrentamientos no resultaba tan estimulante su visión, en relación a otros westerns, pero como en esa época los cines ofrecían programas dobles y triples, terminaba uno viendo en diversas ocasiones cintas, no tan de nuestro agrado, por estar simplemente programadas, en una función en medio de otras dos que nos interesaba contemplar, como me sucedió con “El tren de las 3:10 a Yuma”.

Conforme fui pasando de un voraz filmófago que miraba un promedio de 10 a 15 películas a la semana, para transformarme en un aficionado que buscaba discernir o ponderar desde diversas perspectivas el cine, el hit parade de mis favoritas se movía, cual acciones en la bolsa de valores, en un vaivén de sube y baja, hasta ir encontrando su equilibrio. Aprendí a valorar los llamados superwestern, iniciada por “A la hora señalada” (High Noon, ‘52) y continuada por “Shane, el desconocido” (Shane, ‘53), pasando por “El refugio” (Rancho Notorius, ‘52) “Mujer pasional” (Johhny Guitar, ‘54), inclusive “El pistolero invencible” y llegar a “El tren de las 3:10 a Yuma”, para en posteriores revisiones de los expertos señalar que en rigor el primero de este tipo de westerns fue “Fiebre de sangre” (The gunfighter, ‘50) o ir todavía más atrás y poner como antecedentes de los mismos a “Conciencias muertas” (The Ox-bow incident, ‘43) y “Su única salida” (Pursued, ‘47), los cuales en un principio no me emocionaba tanto su visión. El crítico Andre Bazin en su ensayo “Evolución del western”, publicado originalmente en “Cahiers du Cinéma” en diciembre de 1955 es el introductor del término: “De una manera convencional, llamaría ‘superwestern’ al conjunto de formas adoptadas por el género después de la guerra. Puede justificarse de una manera negativa por su oposición al clasicismo de los años 40, y sobre todo a la tradición que alcanzan su cumbre durante esos años. Digamos que el ‘superwestern’ es un western que se avergüenza de no ser más que él mismo, e intenta justificar su existencia con un interés suplementario: de orden estético, sociológico, moral, psicológico, político, erótico…, en pocas palabras por un valor extrínseco al género y que se supone capaz de enriquecerle”.

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